La protección de la vida no es un asunto exclusivo de las víctimas

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El dolor frente a los terribles acontecimientos sucedidos en los últimos 3 días en nuestro país en escenarios de violencia intrafamiliar nos debe mover a la reflexión: 7 personas muertas en actos de barbarie imposibles de justificar (5 personas en Matapalo de las cuales 3 eran mujeres; 1 víctima en Tibás y otra más en Pococí).

Estamos obligadas a la reflexión porque conocemos la existencia de una estructura de poder machista que justifica y legitima la violencia en contra de personas pertenecientes a grupos que se consideran vulnerables en el contexto de las familias. Niños y niñas, mujeres, adultas y adultos mayores viven a diario historias de abuso, atropello de sus derechos, violencias físicas, emocionales, patrimoniales que en ocasiones desembocan en muerte - como en los casos que ahora nos conmueven.

Por esta razón no podemos seguir hablando de crímenes pasionales producto – supuestamente - del desbordamiento incontrolado de emociones, cuando en la realidad se trata de largas historias de abuso.

El Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU) rechaza toda manifestación de violencia, abuso y agresión contra la persona humana. Nada justifica la violencia.

Lo grave de este tipo de casos es que, de no haber acaecido esta tragedia,  historias de violencia como estas  permanecerían en el silencio: las víctimas desde el aislamiento y la comunidad que las observaba indiferente.

Estamos obligados a la reflexión porque como sociedad hemos vuelto la mirada hacia otro lado para no involucrarnos en las situaciones de violencia bajo el argumento de que son conflictos de pareja, que son problemas privados y deben resolverse en la intimidad.

Cuando explotan las violencias en actos brutales  que ocasionan dolor y muerte reiteradamente escuchamos los comentarios de familiares, vecinos e, incluso, de funcionarios y funcionarias de instituciones públicas que aportan datos de la historia de agresiones que conocían pero que las disimularon, minimizaron o ignoraron.

Se genera así una cultura de impunidad que refuerza los patrones culturales machistas que sostienen la violencia – mayoritariamente - contra las mujeres y otros miembros de las familias.

En esta línea de pensamiento todos y todas tenemos responsabilidad por los hechos acaecidos: las instituciones por no haber actuado de manera oportuna y eficiente pero igualmente la comunidad (vecinos, familiares, entre otros) cuya indiferencia dejó en aislamiento a quienes sufrían la violencia.

Tristemente la protección de los derechos humanos de las personas no está instalada en la colectividad y se sigue asignando exclusivamente a las víctimas.

Estamos obligados a la reflexión porque permanecemos silenciosos cuando grupos que defienden intereses egoístas de sus integrantes intentan aprovecharse de situaciones extremas, terribles, excepcionales para denigrar a las mujeres, creando dudas en la población acerca de las razones fundamentales que perpetúan la violencia contra las poblaciones más vulnerables, desculpabilizando a los homicidas, presentándolos como víctimas e ignorando el hecho real e imperdonable de las muertes y el dolor que provocaron.

Por favor, no dejemos que el dolor sea pasajero y queden en el olvido las vidas perdidas. REFLEXIONEMOS Y ACTUEMOS.

Lamentar las muertes no es suficiente. Juzgar a las personas involucradas en estas tragedias no es suficiente. Tratar de sacar provecho del dolor y la muerte de personas inocentes no es justificable. REFLEXIONEMOS Y RECTIFIQUEMOS. De otra manera, las muertes y las lesiones, las vidas marcadas por estos hechos barbáricos, serán inútiles.

Comprometámonos en la tarea de repensar los principios que orientan nuestra convivencia social para colocar en el centro a la persona humana y para erradicar toda forma de violencia y abuso contra la humanidad.